MODELO ARGENTINO PARA EL PROYECTO NACIONAL

1° ERA. PARTE

A mis compatriotas:

En consecuencia, todos los sectores políticos y sociales y todos los ciudadanos, tienen el deber cívico y moral de aportar su idea.

Para cumplir con este deber, hoy entrego al país este trabajo al que denomino «Modelo Argentino». Están aquí sistematizados los pensamientos de una vida de servicio, en la forma más sencilla en que ellos pueden ofrecerse al Pueblo.

Las inevitables imperfecciones de la obra humana que este Modelo Argentino signifique, me han sugerido también la necesidad de considerarlo como una propuesta de lineamientos generales, antes que de soluciones definitivas.

Su discusión esclarecedora por parte de todos los grupos representativos de nuestra comunidad, posibilitará establecer el camino más acertado para alcanzar los propios objetivos nacionales. Ello contribuirá, a su vez, a profundizar este Modelo para que de él surja lo que deberá ser nuestro Proyecto Nacional.

El Modelo Argentino se constituirá también en un importante elemento de juicio a ser considerado en la Reforma de nuestra Constitución Nacional, toda vez que su contenido reflejará el sentir de la inmensa mayoría de los argentinos.

Invité a todos a participar de la doble empresa: analizar este Modelo Argentino y elaborar su propia expresión de nuestro Proyecto Nacional.

Hasta aquí el aporte del ciudadano. El del gobernante será crear el Consejo para el Proyecto Nacional, a fin de que la participación del ciudadano, de los grupos sociales y partidos políticos, tenga un cauce institucionalizado para posibilitar que toda idea útil se aproveche y preservar permanentemente el Modelo, ajustándolo a la realidad de un mundo en constante evolución.

Sólo la idea vence al tiempo. Hagamos de ella nuestro medio esencial para la lucha interna; institucionalicemos la lucha por la idea y usemos todo nuestro patriotismo para dar más potencia a la institucionalización de este proceso nacional.

El mundo será universalista; la organización de los países del Tercer mundo constituye una forma de tránsito necesario hacia un universalismo justo; la etapa del continentalismo, a su vez, es un camino para ambas cosas.

Nuestra Argentina tiene que tener un papel activo y relevante en todo este proceso y no debe seguir resignadamente lo que elaboran los demás.

Tanto el incentivo interno de nuestra propia responsabilidad para con el país y sus hijos, como el devenir histórico del mundo en su totalidad, nos convencen de la necesidad de elaborar nuestro propio modelo.

No necesitamos soportar agresiones que actúan como factor desencadenante de nuestra acción creativa. Nos basta con nuestra capacidad para ver el futuro.

Tal vez éste sea uno de los mayores aportes que puedo hacer a mi Patria. Sólo con su entrega, me siento reconfortado y agradecido de haber nacido en esta tierra argentina.

PRIMERA PARTE

FUNDAMENTACION

CONCEPTO DEL MODELO ARGENTINO

Cuando pienso en los acontecimientos cruciales de la historia del país, encuentro en ellos las huellas profundas de una toma de conciencia verdaderamente nacional.

Este proceso se ha distinguido por una denodada pugna entre esa creciente conciencia y las fuerzas que han tratado de impedir implacablemente su libre expresión.

El Modelo Argentino pretende ser, precisamente, la interpretación de esa conciencia nacional en procura de encontrar su cauce definitivo.

1. -Ideología y Doctrina Nacional

Nuestra Patria necesita imperiosamente una ideología creativa que marque con claridad el rumbo a seguir y una doctrina que sistematice los principios fundamentales de esa ideología.

Para ello debemos tener en cuenta que la conformación ideológica de un país proviene de la adopción de una ideología foránea o de su propia creación. Con respecto a la importación de ideologías -directamente o adecuándolas- se alimenta un vicio de origen y es insuficiente para satisfacer las necesidades espirituales de nuestro Pueblo y del país como unidad jurídicamente constituida.

El mundo nos ha ofrecido dos posibilidades extremas: el capitalismo y el comunismo. Interpreto que ambas carecen de los valores substanciales que permiten concebirlas como únicas alternativas histórico-políticas. Paralelamente, la concepción cristiana presenta otra posibilidad, impregnada de una profunda riqueza espiritual pero sin una versión política, suficiente para el ejercicio efectivo del gobierno.

Los argentinos tenemos una larga experiencia en esto de importar ideologías, ya sea en forma total o parcial. Es contra esta actitud que ha debido enfrentarse permanentemente nuestra conciencia. Las bases fértiles para la concepción de una ideología nacional coherente con nuestro espíritu argentino, han surgido del mismo seno de nuestra Patria.

El Pueblo, fuente de permanente creación y autoperfeccionamiento, estaba preparado hace treinta años para conformar una ideología nacional, social y cristiana.

Sin embargo, no fuimos comprendidos cuando, respondiendo a esa particular exigencia histórica, propugnamos la justicia social como inmanente al ser nacional, a pesar de que la justicia social está en la base de la doctrina cristiana que surgió en el mundo hace 2.000 años.

Al calor de intereses políticos y económicos se originaron numerosos equívocos -como la identificación de la democracia con el liberalismo – promoviendo confusiones ideológicas que, en su momento, configuraron el marco necesario para el mantenimiento de intereses imperialistas.

No obstante esa ideología intrínsecamente argentina, y la consecuente doctrina, crecieron en la conciencia del Pueblo. El Modelo Argentino no quiere ser otra cosa que la expresión representativa y la síntesis prospectiva de una ideología y una doctrina nacionales.

La creación ha nacido del Pueblo y el ciudadano que ofrece hoy el presente conjunto de ideas, valores y objetivos concretados bajo el nombre de Modelo Argentino, tal vez no tenga otra virtud que la de haber querido e interpretado la voluntad de ese Pueblo.

Es por eso que este Modelo no es una construcción intelectual surgida de minorías, sino una sistematización orgánica de ideas básicas desarrolladas a lo largo de treinta años. Ahora es posible ofrecer este Modelo al país, después de que la representación popular ha sido reimplantada.

Si el Modelo Argentino encarna la voluntad de nuestro Pueblo, será auténtico. Si es auténtico, será útil a la Patria. Y si es útil, cumplirá su propósito histórico.

2. -El Modelo Argentino y el Justicialismo

El Justicialismo es el resultado de un conjunto de ideas y valores que no se postulan; se deducen y se obtienen del ser de nuestro propio Pueblo. Es como el Pueblo: nacional, social y cristiano.

Hace muchos años anuncié tales características del Justicialismo prácticamente en estos mismos términos, y afirmé su sentido al expresar que «el Justicialismo es una filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista.

Esta búsqueda de respuestas a las necesidades integrales del país, que parten de una clara ideología, comenzó en la década de los años 40. El 1º de mayo de 1948 la posición fue llamada «Justicialismo», abriéndose así las posibilidades de una elaboración conceptual en la que intervengan mandatarios, líderes, políticos y Pueblo.

La aparición y la evolución de la concepción Justicialista es la del desarrollo histórico natural de nuestras ideas, y es patrimonio de todo el Pueblo argentino; en esa medida, el ideólogo es sólo un intérprete.

No obstante en nuestro país todavía persisten muchos esclavos de la injusticia y de la inseguridad. Ni la justicia social ni la libertad -recíprocamente apoyadas- son comprensibles en una comunidad integrada por hombres que no se han realizado plenamente en su condición humana.

Es por eso que el Justicialismo quiere para el hombre argentino:

– Que se realicen en sociedad, armonizando los valores espirituales con los materiales y los derechos del individuo con los derechos de la sociedad;

– Que haga una ética de su responsabilidad social;

– Que se desenvuelva en plena libertad en un ámbito de justicia social;

– Que esa justicia social esté fundada en la ley del corazón y la solidaridad del Pueblo, antes que en la ley fría y exterior;

– Que tal solidaridad sea asumida por todos los argentinos, sobre la base de compartir los beneficios y los sacrificios equitativamente distribuidos;

– Que comprenda a la Nación como unidad abierta generosamente con espíritu universalista, pero consciente de su propia identidad.

He dicho una vez que la comunidad a la que aspiramos es aquella donde la libertad, la justicia y la responsabilidad son fundamentos de una alegría de ser, basada en la certeza de una propia dignidad. En tal comunidad el individuo posee realmente algo que ofrecer e integrar al bien general, y no sólo su presencia muda y temerosa.

Nosotros creemos en la comunidad, pero en la base de esa convicción se conserva un profundo respeto por la individualidad y su raíz es una suprema fe en el tesoro que el hombre representa, por el solo hecho de su existencia.

Cuando en la Segunda Guerra Mundial las dos potencias ideológicas opuestas se unieron para terminar con un tercer grupo de países en discordia con el orden imperante, Argentina no se sometió.

Nuestra rebelión fue entonces como sigue siendo ahora, una cuestión de personalidad y de dignidad nacional.

Para no someterse, había que crear una respuesta diferente, propia, argentina. Esa respuesta fue el Justicialismo. Pero como un Modelo que aspire a servir seriamente al país, sólo puede ofrecerse después de un período histórico de prueba, hubo que esperar tres décadas para poder elaborar la expresión, ya más formalizada, de una ideología, a fin de entregarla ahora a la fuerza creativa de nuestra nacionalidad.

OBJETIVOS DEL MODELO ARGENTINO

1. -Un Ambito de Coincidencia Nacional

El primer objetivo del Modelo Argentino consiste en ofrecer un amplio ámbito de coincidencia para que de una vez por todas los argentinos clausuremos la discusión acerca de aquellos aspectos sobre los cuales ya deberíamos estar de acuerdo.

Es imprescindible que mis conciudadanos comprendan que la presencia central del Justicialismo en un Modelo que deseo para todos los argentinos, sin exclusiones de sectores, no responde al intento de forzar una indebida generalización de principios meramente partidarios. Si acudo a la respuesta justicialista no es por sectarismo o personalismo; estoy lejos de una actitud semejante.

La fundamentación justicialista no se incorpora por reflejar un sector parcial de opinión ideológico-política, sino por razones de índole totalmente diferentes.

En primer lugar, porque encarna principios permanentes emanados de la esencia misma del hombre. En segunda instancia, porque el Pueblo ha impregnado al Justicialismo de las constantes básicas de nuestra nacionalidad. Por último, como Tercera Posición, porque define una histórica determinación de autonomía e identidad nacional. Sin tales principios y constantes, sin esa identidad, no hay posibilidad de conformar un Modelo en el cual cada argentino que ama a su Patria se reconozca.

Estos motivos me alientan en la aspiración de obtener la coincidencia necesaria para trazar una política nacional.

La grandeza del país y la felicidad del Pueblo argentino, son dos objetivos esenciales que, a mi juicio, deben guiar nuestro pensamiento y acción.

Partiendo de esa premisa podemos empezar a construir. Sólo necesitamos unanimidad conceptual para hacer lo que la mayoría decida. Por eso, las grandes líneas de coincidencia únicamente pueden nacer del Pueblo, manifestándose en sus representantes a través de organizaciones de pacífica convivencia republicana.

Si se quiere salvaguardar la Nación que hemos recibido y seguir adelante en el proceso de preservarla y depurarla, o se usa la política de la fuerza, o bien se elabora la fuerza necesaria para respaldar una política.

Una Argentina de felicidad y de grandeza admite únicamente la segunda alternativa. Necesitamos pues, crear la fuerza requerida para sustentar una política nacional.

Es ésta la hora de su realización. Tengamos en cuenta el ejemplo que nos muestra el mundo; en el que está ganando terreno la idea de que el bienestar de los Pueblos se halla por encima de las concepciones políticas dogmáticas. Esto origina un campo de mutuo respeto, que parece nutrirse en bases de civilización, de comprensión y de tolerancia hacia las ideas de los demás.

No tengo dudas que éste es un momento crucial de nuestra Patria; o profundizamos las coincidencias para emprender la formidable empresa de clarificar y edificar una gran Nación, o continuamos paralizados en una absurda intolerancia que nos conducirá a una definitiva frustración.

2. -La Futura Comunidad Argentina

El segundo de los objetivos radica en concretar el ámbito de consenso, configurando los caracteres que los argentinos anhelamos para nuestra comunidad del futuro.

Todo país se enfrenta, en algún momento de su historia, con la obligación de definir principios, valores y conductas generales, pero también caracteres que perfilen y recorten su nacionalidad. Corresponde a un Modelo la estructuración de esas propiedades que no hacen más que traducir la idiosincrasia del Pueblo.

La carencia de un Modelo de referencia ha causado, en nuestro país, graves efectos sociales, económicos y, particularmente, políticos. Ha llegado el momento de tomar conciencia de que en la Argentina nadie tiene el derecho de esperar que la sociedad madure por sí sola.

Los argentinos intuimos ya que no es posible insistir en nuestras vacilaciones: la historia reclama de nosotros la consolidación de una fisonomía nacional.

Para ello, corresponde al Modelo Argentino refirmar la forma socio-política que satisfaga a todo el país.

Estoy convencido de que sólo la comunidad argentina puede proporcionar el juicio definitivo sobre las cualidades que para ellas se anhelan. Es mi deseo que todos mis conciudadanos consideren este Modelo como una propuesta inicial; ya las generaciones que nos siguen, a través de un diálogo franco en el que participen todos los entes representativos de la comunidad, han de asumir la patriótica misión de perfeccionarlo.

Alguna vez prediqué la armonía como categoría fundamental de la existencia humana; sigo creyendo en ella como condición inalienable para la configuración de la Argentina que todos anhelamos. Esa básica consonancia excluye la violencia e implica comprender que el único camino para la construcción fértil es partir de ideas, valores y principios, cuya práctica concreta no cercena el cauce de la paz. Esto no distorsiona en absoluto la vocación de cambio del Justicialismo, concretado en este Modelo Argentino: ya he afirmado que la doctrina es revolucionaria en su concepción, pero pacífica en su realización.

No puede persistir duda alguna acerca de los caracteres buscados: se trata de una democracia social, que, como se verá más adelante, será una estructura político-social absolutamente coherente con los principios esenciales de la Comunidad Organizada.

Cuando utilizo la palabra «social», estoy pensando en una democracia en la que cada integrante de la comunidad pueda realizarse con la única condición de poseer idoneidad y condiciones morales indispensables para aquella a que aspira. En este sentido, la forma de gobierno que sirve a la democracia social resulta ser «Representativa, Republicana, Federal y social».

Todo lo que acabo de expresar no es más que otra forma de decir que seguimos deseando fervorosamente una Argentina socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.

Se conecta estrechamente con lo expuesto el hecho de que el Modelo define asimismo una clara dimensión ética que no es otra cosa que un llamado a la autonomía de la conciencia moral. Hace años sostuve que el vertiginoso progreso material de nuestro tiempo lanzó al hombre fuera de sí mismo sin proporcionarle paralelamente una plena conciencia de su personalidad.

Por eso, en el camino de la consolidación de la comunidad argentina desempeña un papel primordial la propuesta de un esquema de valores morales y espirituales, que confiera al Pueblo la templanza que el futuro de la Nación requiere.

Resultará necesario precisar el nivel de nuestras aspiraciones respecto de la futura sociedad argentina; sólo así se estará en condiciones de clarificar la concepción estratégica que deberemos adoptar para hacer realidad lo que todo hombre de bien, nacido en esta Patria, espera: «una Argentina íntegra, cabalmente dueña de su insobornable identidad nacional.»

3. -Orientación para las Distintas Areas

Los objetivos anteriormente delineados asocian al Modelo Argentino con valores, principios y caracteres tanto de estructura permanente y universal, como de perfiles intrínsecamente nacionales.

Si allí finalizara nuestro propósito no iríamos más allá de un lineamiento teórico y normativo de carácter general que no contemplaría la creciente complejidad de una comunidad orgánicamente constituida. Quiere decir que, tal conjunto de verdades, adquiere una fisonomía específica y diferente en los distintos ámbitos de la vida nacional, así como una proyección igualmente específica.

Con la mirada orientada en el futuro, es necesario identificar cuál es la medida en que cada una las áreas de la sociedad argentina puede participar del Modelo, y es preciso definir de qué forma aquellos principios, valores y caracteres cobran una dimensión particular, aunque interrelacionada, en cada ámbito del quehacer nacional.

Para que cada ciudadano se reconozca en el Modelo, es imprescindible que éste no naufrague en abstracciones, sino que aquello que define y propone, cobre realidad en cada una de las áreas de la comunidad, pues es a través de su área de competencia que el ciudadano se inserta en su Patria y la siente como propia.

Tengo la convicción de que la transformación de la comunidad argentina sólo podrá lograrse mediante una adecuada conjunción de resultados eficientes en todos los campos del quehacer nacional.

4 .-Guía Programática y Político-Administrativa

A la luz de este objetivo, el Modelo Argentino debe conformar un sustrato programático superior, orientativo de la conducción.

Creo que no podemos detenernos en discutir si es más aconsejable la programación que el desarrollo espontáneo, porque la segunda alternativa implica dejar a la sociedad librada a sus propias fuerzas y es, por ello, terreno fértil para distorsiones neocolonialistas.

Al hacer referencia a la conducción debe tomarse en cuenta que la conducción política se diferencia del gobierno político-administrativo.

La conducción política es una materia indelegable de quien ejerza la Primera Magistratura, y ella da sustento a la capacidad de hacer en lo político-administrativo.

Lo político-administrativo corresponde a las decisiones y acciones que se adopten a través de los mecanismos corrientes del gobierno.

Las condiciones objetivas que hacen a la conducción superior, implican que nadie puede gobernar sin el apoyo del Pueblo, ni en Argentina ni en ningún otro país. Significa también que el Proyecto final es del Pueblo y no de determinados gobiernos, ni de minorías intelectuales.

El Modelo Argentino quiere servir a estos dos ámbitos de conducción superior, en estrecha conexión con una orientación programática lúcida y precisa.

5 .-La Liberación y la Integración

Afirmé anteriormente que la importación de ideologías alimenta un vicio de origen.

Detengámonos en este problema. Si una ideología no resulta naturalmente del proceso histórico de un Pueblo, mal puede pretender que ese Pueblo la admita como representativa de su destino. Este es el primer motivo por el cual nuestro Modelo no puede optar ni por el capitalismo liberal ni por el comunismo.

Pero es evidente que la cuestión, como lo he repetido en numerosas oportunidades, no se reduce a la elección o configuración de una ideología y una doctrina que perfilen la identidad de nuestro Pueblo, porque tal identidad se diluye sin una firme decisión de autonomía nacional.

El rechazo de las posibilidades extremas que nos brindan el capitalismo y el comunismo, no sólo se fundamentan en su desconexión con la estructura íntima de nuestra nacionalidad, sino también en el hecho de que su adopción implica servir automáticamente al neocolonialismo, sea cual fuere su signo doctrinario.

Optar por un Modelo Argentino equidistante de las viejas ideologías es, consecuentemente, decidirse por la liberación. Por más coherencia que exhiba un modelo, no será argentino si no se inserta en el camino de la liberación.

Me parece innecesario insistir en un hecho evidente: no estamos solos en esta lucha, aunque cada pueblo debe dar, frente a la historia, la respuesta que emana de su esencia.

Es por eso que la progresiva transformación de nuestra Patria para lograr la liberación debe, paralelamente, preparar al país para participar de dos procesos que ya se perfilan con un vigor incontenible: la integración continental y la integración universalista.

Si aisláramos nuestra respuesta, la comunidad por la que luchamos quedaría a espaldas de un destino superior que espera a todos los hombres que en el mundo comparten ideales de Justicia y Verdad.

ANTECEDENTES HISTORICO-POLITICOS QUE CONDUCEN AL MODELO ARGENTINO

1 .-Las Enseñanzas del Proceso Histórico Mundial

De dos fuentes proviene el crecimiento económico de los países más avanzados. Por un lado, de sus propios recursos tecnológicos y acumulación de capital. Por el otro, del acceso a las riquezas y el trabajo de los países colonizados.

El traspaso de las riquezas de estos últimos países a las grandes potencias, se efectuó de muy diversas formas. De acuerdo con las circunstancias, se utilizó desde el procedimiento de la apropiación física hasta el de la remesa de beneficios para las inversiones imperiales, pasando por las etapas intermedias de ambos extremos.

De esa manera, muchos países colonizados expandieron su producto pero no su ingreso, mostrando al mismo tiempo un aparente progreso que, en realidad, encubría su miseria.

Para mantener este sistema se necesitó de la dominación política. El arma empleada para ello, también se adecuó a las circunstancias.

Fue así como se acudió al empleo de las fuerzas militares, en intervenciones directas o indirectas; al copamiento de gobiernos o de sectores claves del país; a la complicidad de los grupos dirigentes; a la acción sutil de las organizaciones que sirvan a intereses supernacionales; a los empréstitos, que bajo la forma de «ayudas» atan cada vez más a los países dependientes. Es decir, se recurrió a cuanto procedimiento fuera útil para los fines de dominación perseguidos.

Esta ha sido una evolución particularmente notable del sistema imperialista durante casi todo el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En su transcurso, las espaldas de los trabajadores de los pueblos sometidos – tanto del mundo oriental como del occidental – han sobrellevado, en buena medida, la carga del progreso de las metrópolis imperialistas.

Pero la situación internacional está sufriendo profundas conmociones: los pueblos comienzan a despertar, motivando que los países dependientes se vean obligados a tomar partido frente a dos elecciones:

– Por un lado, elegir entre neocolonialismo y liberación.

Para nosotros la elección resulta obvia, y cuando dijimos que había que construir el «Tercer Mundo» no hicimos otra cosa que dar un nombre y un sentido al camino de liberación elegido.

– Por el otro, se presenta la elección entre capitalismo y comunismo como opciones inevitables. Nosotros percibimos el error de considerar, como únicas alternativas, a dos posiciones extremas que han servido para la dominación. Así surgió la «Tercera Posición».

Venimos sosteniendo estos conceptos desde hace tres décadas. Consecuente con ellos, Argentina inició un proceso de cooperación latinoamericana para lograr la liberación. Ya la idea de Comunidad Latinoamericana estaba en San Martín y Bolívar, ellos sembraron las grandes ideas y nosotros: hemos perdido un siglo y medio vacilando en llevarlas a la práctica.

Ahora, para corregir el rumbo que equivocadamente tomamos, debemos profundizar, entre otros lazos de unión, la línea de los tratados de complementación económica, que, como el firmado en Santiago de Chile, hace 25 años, entre este país y la Argentina, estén abiertos a la adhesión de los demás países del área con la finalidad de alcanzar una integración económica sudamericana.

Este proceso arroja algunas enseñanzas que es conveniente no desaprovechar en una acción futura. Podemos sintetizar tales enseñanzas en las siguientes consideraciones:

Unión Latinoamericana. – Cada país participa de un contexto internacional del que no puede sustraerse. Las influencias recíprocas son tan significativas que reducen las posibilidades de éxito en acciones aisladas.

Es por ello que la Comunidad Latinoamericana debe retomar la creación de su propia historia, tal como lo vislumbró la clarividencia de nuestros libertadores, en lugar de conducirse por la historia que quieren crearle los mercaderes internos y externos.

Lo repito una vez más: «El año 2000 nos encontrará unidos o dominados». Nuestra respuesta, contra la política de «dividir para reinar», debe ser la de construir la política de «unirnos para liberarnos».

Reacción Imperialista. – Tenemos que admitir como lógica la acción de los imperialismo en procura de evitar que la unión de nuestros países se realice, ya que ello es opuesto a su interés económico y político.

En consecuencia, debemos admitir que la lucha es necesaria. Pero nosotros también aprendimos a reducir el costo social de la lucha.

Verdad y Justicia. – Puede discutirse mucho acerca de si existe o no determinismo histórico. Pero yo tengo, al menos, la certeza de que existe una constante en el hecho de que el hombre tiene sed de verdad y justicia y de que cualquier solución de futuro no podrá apartarse del camino que las satisfaga.

Trabajar con los Pueblos. – Para tener éxito en esta empresa, lo esencial reside en trabajar con los pueblos, y no simplemente con los gobiernos; porque los pueblos están encaminados a una tarea permanente, y los gobiernos muchas veces a una administración circunstancial de la coyuntura histórica.

Fin de las oligarquías y burguesías. – La historia muestra también que está terminando en el mundo el reinado de las oligarquías y las burguesías y que comienza el gobierno de los pueblos. Con ello, el demoliberalismo y su consecuencia, el capitalismo, están cerrando su ciclo. El futuro, realmente es patrimonio de los pueblos.

La brecha tecnológica. – Las diferencias que nos separan de las grandes potencias han sido ahondadas por la brecha tecnológica.

Debemos, entonces, desarrollar tecnología. Pero ello exige una mínima dimensión económica que sólo pocos países del Tercer Mundo pueden elaborar sobre la base del esfuerzo nacional. Además, tampoco podrán abarcar la totalidad de la gama tecnológica.

Esta es otra de las causas que exigen la unión de los países que quieren liberarse.

Falsas virtudes de los extremos. – Hemos aprendido también que «occidental y cristiano», «occidental y libre», «capitalista y creativo», «comunista e igualitario», son muchas veces, asociaciones declamatorias.

Sabemos que en ambos sentidos, las falsas virtudes de un extremo fertilizan la potencia del otro extremo, y que no debemos seguir admitiendo que la tarea se reduce a enfrentar a los dos modelos extremos. Es ésta otra razón que justifica la creación de nuestro modelo propio.

Acercamiento de los Extremos. – Los extremos se tocan cada vez más. En efecto, mientras en las economías capitalistas es creciente el grado de intervención del Estado y el contenido de sujeción de la libertad individual a formas programadas superiores, por el otro lado, en algunas economías colectivistas se introduce el beneficio como motor de incitación para incrementar la eficiencia.

La Cruel Realidad de los Imperialismo. – Cuando se expresaba, hace algunos años, que «el imperialismo no perdona», se estaba también afirmando que ningún imperialismo perdona. La experiencia de la década del 60 ha sido suficientemente dura en estos aspectos, y el mundo aprendió mucho de ella.

Las invasiones militares en que los dos imperialismos han incurrido en los últimos 15 años, a contratiempo de la historia, han constituido un poderoso factor para que el Tercer Mundo asuma la necesidad de su autodefensa.

Además, ésto evidencia la creación de un derecho no escrito, en el plano mundial, que fortifica los principios de autodeterminación y de no intervención de los pueblos. Ello tendrá, tarde o temprano, que encontrar el eco adecuado en las Naciones Unidas para que éstas adquieran un efectivo poder de arbitraje.

Autodestrucción de los Imperios. – Las coaliciones imperialistas no impiden que se cumpla una constante histórica: los imperios se autodestruyen. Ya están a la vista algunos signos de una seria pérdida de la capacidad hegemónica en los imperialismos hasta ayer dominantes.

Complicidad de Sectores Internos – Surge, también, una experiencia importante para nuestros países: hay sectores internos cuyos objetivos coinciden con los de los imperialismos. Obviamente, la capacidad de decisión de estos sectores debe ser debilitada o anulada.

Imperialismo y Tercer Mundo – La dinámica mundial no obedece sólo a los designios de los poderosos. Ahora responde a una articulación que encuentra imperialismos por un lado y Tercer Mundo por otro.

Repito en este aspecto: las ideologías van siendo superadas por las necesidades de la lucha por la liberación.

El Tipo de Democracia. – No siempre los países han definido con exactitud la democracia que desean, ni han calificado la democracia en la cual viven. Hemos aprendido que ocultar el tipo de democracia que se quiere, constituye la mejor manera de preservar el tipo de democracia que quieren los demás.

El Egoísmo y la Sociedad Competitiva. – En el transcurso del tiempo, hemos venido progresando de manera gigantesca en el orden material y científico, pero veinte siglos de cristianismo parecen no haber logrado, suficientemente, hasta ahora, la superación del egoísmo como factor motriz del desarrollo de los pueblos. La sociedad competitiva es su consecuencia.

Esto arroja luz sobre el hecho de que la cooperación y la solidaridad son elementos básicos a considerar en el futuro.

El Materialismo. – El pragmatismo ha sido el motor del progreso económico. Pero también hemos aprendido que una de las características de este proceso ha sido la de reducir la vida interior del hombre, persuadiéndolo de pasar de un idealismo riguroso a un materialismo utilitario.

El mundo debe salir de una etapa egoísta y pensar más en las necesidades y esperanzas de la comunidad. Lo que importa hoy es persistir en ese principio de justicia, para recuperar el sentido de la vida y para devolver al hombre su valor absoluto.

Necesidad de una Etica. – La historia nos indica que es imprescindiblemente necesario promover la ética individual primero, desarrollar después la consecuente conducta social y desprender finalmente de ellas la conducta económica. La libertad se instala en los pueblos que poseen una ética y es ocasional donde esa ética falta.

Pensamiento y Acción. – No puede haber divorcio alguno entre el pensamiento y la acción, mientras la sociedad y el hombre se enfrenten con la actual crisis de valores, acaso una de las más profundas de cuantas se hayan registrado. Es posible que el pensamiento haya perdido, en los últimos tiempos, contacto directo con las realidades del devenir histórico. Pero es cierto también que ha llegado «la Hora de los Pueblos» y que ella exige «un pensamiento en acción».

El Imperativo de la Comunidad Organizada. – Es por ésto que las grandes alternativas que presenta la historia a nuestro país, terminan deduciéndose y no postulándose. Como deducción de la experiencia que viene de la historia cada día se ahonda más el imperativo moderno de la Comunidad Organizada como punto de partida de toda idea de formación y consolidación de las nacionalidades.

Tercer Mundo y Tercera Posición. – Asimismo, se deduce la consolidación del Tercer Mundo, y la Tercera Posición como resultantes históricas definidas. La Tercera Posición como unidad conceptual, y el Tercer Mundo, como entidad política.

Sectarismo y Liberación. – Finalmente, la más importante de las enseñanzas, es la revelación de que los sectarismos no nos conducirán jamás a la liberación. Las diferencias de ideas son positivas en tanto estén abiertas a la confrontación sincera y honesta en busca de la verdad.

Encerrarnos en nuestras ideas y procurar imponerlas por el peso de una fuerza circunstancial, significaría caer en el mismo error por el que han transitado aquéllos a quienes hoy enfrentamos.

2 .-La Situación Histórica Argentina

Si queremos realizar entre todos un proyecto del país que anhelamos, creo necesario tomar previamente conciencia de nuestra situación actual. Por ese motivo, haré una breve reseña de la evolución histórica argentina en los diferentes ámbitos.

EN EL AMBITO POLITICO

En nuestro país se han dado dos procesos paralelos, íntimamente interrelacionados, que el advenimiento del Gobierno Popular está frenando decididamente: una creciente intervención externa y una vacilante política interna.

La intervención externa fue cambiando de forma a lo largo del tiempo consistiendo sus últimas exteriorizaciones en condicionamientos impuestos a nuestra libertad de decisión.

Por su parte, la vacilación política interna fue influida principalmente por los siguientes factores:

– Las plataformas políticas no siempre definieron fines conjuntamente con los medios para alcanzarlos. Esto trajo como consecuencia que los ciudadanos carecieran de la información completa para ejercer su derecho al voto y a la crítica constructiva de los actos de gobierno.

– Se pretendió diluir el poder del Justicialismo, acudiéndose a sistemas como el de la representación proporcional, estimulando el aumento de partidos políticos y limitando la relevancia de cada uno de ellos.

– La proscripción se utilizó para contrarrestar la vigencia de los grandes movimientos nacionales.

– La violencia fue ejercida para reprimir las corrientes que luchaban por un proceso transformador.

– El concepto de democracia pocas veces fue debidamente especificado con claridad suficiente para que el Pueblo supiese de qué se trataba.

– El nacionalismo fue declamado al tiempo que se destruía lo autóctono y copiaban apresuradamente moldes extranjeros reñidos con nuestra idiosincrasia.

– La participación externa en las decisiones que afectaban al país fue creciendo consciente e inconscientemente.

Sin embargo, los valores permanentes afloran siempre. En el Pueblo argentino estaba latente el sentimiento de independencia nacional, lo que tarde o temprano habría de provocar el enfrentamiento contra la distorsión del contenido social de la democracia y contra la tendencia a la desnacionalización progresiva.

La historia se encarga de formular una severa advertencia a quienes pretenden debilitar la vigencia de los valores permanentes de un Pueblo. El intento de desvío no hace sino demorar el progreso de la Nación, pero no logra impedir esa realización que lleva consigo la supresión de cuanto obstáculo se le interponga.

En nuestra Patria, siguiendo el proceso natural de maduración política, fue aumentando la participación de los ciudadanos en las urnas. Con ello, las elecciones han adquirido un significado de legitimidad distinto al de la legalidad: hoy la elección legalmente realizada pero con alta abstención -cualquiera sea la forma de tal abstención- es legal pero no otorga un poder legítimo. La legitimidad viene del Pueblo en su totalidad y no solamente de aquella parte del Pueblo que acepta reglas del juego que, como la proscripción, restringen la voluntad popular. Voto con proscripción puede otorgar legalidad; pero legitimidad nunca.

Crecieron también la sensibilidad y la capacidad política, al impulso de la mayor participación del ciudadano.

Pero esta mayor capacidad de intervención política de la ciudadanía, más allá de su participación en las urnas, fue bastante mal usada. Se pusieron frente a ellas los árboles que no dejaron ver el bosque. Se saturó el panorama político nacional con cuestiones menores, y el ciudadano no llegó a formarse una concepción general de la problemática nacional que abarca suficientemente todos los campos de sus actividades.

Así, el Pueblo fue comprendiendo que no debía permanecer indiferente ante los problemas políticos nacionales y adoptó la decisión de ser protagonista de su historia, rompiendo con los esquemas tradicionales que intentaron relegarlo a la simple condición de espectador.

El «cambio» ya no consiste en una abstracción vacía. El Pueblo todo quiere conocer el signo, el sentido y el contenido preciso de una expresión. Es que el Pueblo advierte con claridad que si el cambio no es nacional, no responderá a sus reales necesidades.

Finalmente, cabe una reflexión respecto del poder de decisión: a lo largo de nuestra historia, dicho poder se ha ido conformando, tejiéndose una red de compromisos políticos que representan a diferentes intereses.

Tales intereses pueden ser internos o externos. Si las alternativas son neocolonialismo o liberación, y si hemos optado por la liberación, el ajuste de ese poder es indispensable para lograr que responda a nuestros intereses.

En lo político, liberación significa tener una Nación con suficiente capacidad de decisión propia, en lugar de una Nación que conserva las formas exteriores del poder, pero no su esencia. La Nación no se simula. Existe o no existe.

En síntesis, el problema actual es eminentemente político y sin solución para otros sectores en particular.

EN EL AMBITO ECONOMICO

El país ha producido siempre en función del beneficio, sin disciplinar cabalmente su producción en función de las necesidades esenciales de la población.

Es indudable que se perdió tiempo y que los recursos no fueron convenientemente utilizados.

Sin embargo, en la actualidad tenemos un ingreso por habitante razonablemente elevado y, además, el país se está industrializando aceleradamente. Esta realidad me permite afirmar que no somos un país subdesarrollado.

La distribución del ingreso familiar no es aún la más adecuada y mucho debe hacerse para vigorizarla. En realidad, hacia 1955, se había llegado a un nivel en la distribución y en la participación del salario en el ingreso nacional, que satisfacía las necesidades de la población.

Desde allí las soluciones económicas siguieron a las soluciones políticas y la participación del salario en el ingreso disminuyó.

Es imposible mantener una distribución socialmente aceptable si las decisiones económicas no acompañan a la política social que se desea imponer. Cuando las decisiones económicas siguen un patrón inadecuado, la distribución del ingreso queda subordinada al mismo, más allá de los buenos deseos de cualquier gobierno. En consecuencia, lo que llamamos «Justicia Social» también requiere para su materialización efectiva participación del gobierno y elevada eficiencia del mismo.

Se produjo, por otra parte, un decisivo retroceso en el terreno de las decisiones económicas. Hasta 1943, con industrialización incipiente, dichas decisiones estaban adaptadas a los intereses del campo. Buscamos establecer un sano equilibrio para promover la industrialización y una organización del poder de decisión para nuestro sector industrial. En 1955 no se había alcanzado a afirmar la existencia de un empresariado industrial argentino como factor contribuyente al desarrollo nacional, pero se estaba en el camino. Desde entonces la industria creció con alto apoyo externo, pero el capital extranjero se concentró, en gran medida, en el aporte tecnológico y también en la compra de empresas existentes en el país.

Debemos tener en claro que lo esencial con respecto a los objetivos debe perseguir una actividad radicada en el país, es que éstos deberán atender tanto al aporte de la economía nacional como el beneficio del empresario. Esto debe definir una conducta coherente respecto de los intereses nacionales y los del empresariado.

Pero si se trata de obtener tantos beneficios como sea posible, consolidando intereses que están en el exterior, los aportes a la economía nacional se alejarán considerablemente de lo que resulta conveniente para el país.

En esta materia no basta con lograr soluciones apresuradas para las grandes cuestiones, pensando que todo lo demás ha de resolverse por sí solo. No basta tampoco con elaborar soluciones a medidas, tomando decisiones sobre la inversión externa sin establecer claramente la actividad en la cual han de insertarse. Hay que establecer políticas diferenciales, en todos los campos, y fijar con precisión suficiente la forma de preservar los objetivos nacionales.

También se comprueba que no hubo una conciencia adecuada sobre la utilización de los recursos financieros del país, por cuanto no se alcanzó a determinar con claridad si la masa de capital interno disponible posibilitaba el desarrollo y la expansión, o si era necesaria su incrementación con el aporte de capital extranjero para alcanzar tales objetivos.

Igualmente, es necesario tener en cuenta que no existe similitud entre concentración de capital y concentración empresaria. Eso debe conducirse armoniosamente de acuerdo con las reales necesidades nacionales.

Analizando el proceso, se ve -en otro tipo de problemas- que cuando una sociedad incrementa el grado de sofisticación del consumo, aumenta a la vez su nivel de dependencia. Esto es, en gran medida, lo que ocurrió entre nosotros.

Por un lado, el ciudadano se ve forzado a pagar por la tecnología de lo banal; por otro, el país gasta en divisas en un consumo innecesario.

Pero a la vez, es impostergable expandir el consumo esencial de las familias de menor ingreso, atendiendo sus necesidades con sentido social y sin formas superfluas. Esta es la verdadera base que integra la demanda nacional, la cual es motor esencial del desarrollo económico.

El proceso económico ha mostrado, además, que el país acumula más ahorro del que usa. En otras palabras, que lo que gana con sus exportaciones, excede a lo que necesita gastar a través de sus importaciones y otros conceptos. No obstante ello, tal posibilidad fue insuficientemente explotada, ya que a la par de incrementar la deuda pública no se logró el desarrollo nacional requerido por el país.

Tuvimos todo tipo de experiencias en este sentido y ahora, entre otras cosas, sabemos combatir establemente un mal como la inflación, y ello se consigue sólo cuando hay capacidad política para usar el remedio natural dado por una política de precios e ingresos.

Es evidente que las «recetas» internacionales que nos han sugerido bajar la demanda para detener la inflación, no condujeron sino a frenar el proceso y a mantener y aumentar la inflación.

En esta cuestión no se acertaba con la solución adecuada. Por épocas se bajó la demanda pública a través de la contención del gasto -olvidando el sentido social del gasto público- ; se bajó la demanda de las empresas a través de la restricción del crédito -olvidando también el papel generador de empleo que desempeña la expansión de las empresas-; y se bajó la demanda de los trabajadores a través de la baja del salario real.

Pero como al mismo tiempo no se adoptaban las medidas para que todos participaran en el sacrificio, en definitiva fueron las espaldas de los trabajadores las que soportaron el peso de estas políticas de represión de demanda para combatir la inflación que el país aceptó, y que repitió aunque su ineptitud quedó bien probada por la propia historia.

Es ésta una experiencia muy importante derivada de nuestro proceso; y puesto que necesitamos evitar la inflación para seguir adelante con auténtica efectividad, debemos tenerla permanentemente en cuenta.

Por otra parte, se puede ver que hubo una insuficiente utilización de recursos, especialmente del recurso humano que ha sido deficientemente incorporado en los últimos lustros, de acuerdo con la evidencia surgida de las tasas de desempleo. Lo mismo aconteció con el recurso formidable que significa el capital intelectual, científico y técnico nacional, emigrando por falta de oportunidades de trabajo en el país.

A esto se llegó por carecerse de planificación, ya que cuando se planifica adecuadamente, pude lograrse una utilización total de los recursos disponibles.

Para que la planificación sea efectiva no bastan los planes de mediano o largo plazo. Las decisiones concretas de política económica requieren también planes de corto plazo, que deben ser los reales propulsores de la actividad. Es a través de ellos que la coyuntura puede ser manejada en función de su verdadero valor de instrumento para conducir la economía en el mediano y largo plazo.

Realizada la planificación en tales términos, es posible actuar realmente con la eficiencia necesaria para lograr la mayor parte de la expansión física que el país debe producir año a año.

En gran medida, en los últimos lustros nos hemos manejado con nombres y no con programas; y – salvo en algunos períodos que deben ser rescatados por la seriedad de conducción – la política que resultó, ha sido de neto corte liberal.

La conducción en el campo económico está en excelentes condiciones para alcanzar sus objetivos, cuando su contexto aparece definido en programas de acción claramente concebidos.

En última instancia, la experiencia de lo que hace a la planificación en este campo es también definitiva; el gobierno en lo económico no tiene otra forma de conducirse. La planificación es consecuencia necesaria de la organización, e instrumento para la conducción concreta.

EN EL AMBITO SOCIAL

En materia social, nuestro proceso ha sido muy significativo y aporta experiencias de cambio realmente aleccionadoras.

Veamos separadamente los distintos aspectos de esta cuestión:

Características Socio-demográficas Generales:

Las características socio-demográficas básicas de nuestro país son bien conocidas:

– Escasa población, frente a su dilatada extensión;
– Tasas bajas de crecimiento vegetativo;
– Alta esperanza de vida;
– Concentración urbana con macrocefalia del área metropolitana;
– Alta tasa de alfabetización con elevada deserción escolar;
– Ausencia de conflictos raciales o religiosos;
– Amplia difusión de los medios de comunicación masivos con limitaciones en cuanto a su calidad intrínseca;
– Nivel elevado de salubridad pero con desequilibrios regionales que se verifican en la tasa de mortalidad infantil, que aún es elevada, etcétera.

La Movilidad Social y los Líderes:

La Movilidad Social fue y sigue siendo alta en el país. El hijo del trabajador más modesto puede llegar a ser Presidente de la República.

No son muchas las sociedades que en el mundo ofrecen esta posibilidad.

Sin embargo, en la práctica se obstaculizó reiteradamente esta movilidad. Los líderes naturales encuentran un camino difícil: hay una maquinaria aplastante que cuesta mucho desmontar.

La supuesta igualdad de oportunidades ha sido determinada, en ciertas circunstancias, por la capacidad económica, de la cual siguen dependiendo en gran medida las posibilidades de formación.

La misma forma de emerger de muchos líderes, no ha asegurado una alta calidad de liderazgo en todos los casos. Así se comprende que haya existido cierto «elitismo», en la medida en que el grupo tenía poder, oportunidad e influencia, se autoidentificaba como más apto para imponer su voluntad a los demás.

Por otra parte, durante casi dos decenios funcionaron mecanismos que coartaron la posibilidad de expresión de los líderes que se mantuvieron fieles a las concepciones doctrinarias existentes hasta 1955. En este terreno se echó mano a la discriminación directa. Por lo demás, el proceso montó sistemas de promoción que en grado apreciable dependieron de la adscripción ideológica de los líderes a las pautas políticas del ámbito liberal dominante por entonces.

En consecuencia, no puede asegurarse que todos los liderazgos hayan surgido de los dos requisitos fundamentales requeridos: vocación de servicio al país y capacidad.

Para no caer en la trampa liberal, en el futuro deberá emprenderse con inteligencia y honestidad la formación de líderes, particularmente para que los líderes intermedios en los campos políticos y sociales complementen su información y cultiven sus valores personales en forma metódica y sistemática.

El mismo mecanismo de promoción de líderes tiene que sentarse, en todos los cuerpos políticos y sociales, sobre una verticalidad institucionalizada que transporte la corriente de poder desde la base.

De este modo, el líder resulta un verdadero conductor, con mandato real y capacidad probada por el Pueblo, del cual, además de representante, debe ser auténtico y permanente intérprete.

La Familia

Una de las experiencias más fecundas que surgen de nuestro proceso, es el hecho de que la sociedad argentina ha sabido preservar a la familia como la célula social. Es claro que hay fisuras inevitables cuando los cambios son demasiado rápidos y es obvio que la dimensión de las fisuras puede agrandarse en la medida en que el cambio se acelere, o asuma una dirección equivocada.

En las sociedades altamente competitivas devoradas por el consumo, se debilitó el núcleo familiar y aparecieron diversas desviaciones, de las cuales las drogas y el alcoholismo son dos manifestaciones lamentables.

Nuestra Patria todavía está a tiempo de preservar a la familia, ya que si bien no todos han conservado su integridad ante la agresión externa motivada por el sistema liberal, afortunadamente, la mayor parte de ellas ha salvado firmemente su contextura.

Medios de Comunicación Masivos y Promoción del Consumo:

Los medios de comunicaciones masivos se incrementaron, pese a ser sometidos a restricciones selectivas que respondían a los intereses de las filosofías dominantes.

Así, dichos medios se convirtieron en vehículos para la penetración cultural.

El país debe establecer principios específicos y claros no sólo en lo referente al nivel de intercambio socio-cultural con el exterior, sino también respecto de cuáles han de ser las condiciones para salvaguardar la identidad cultural argentina.

Por otra parte, es interesante observar lo que sucede con la comunicación de los grupos postergados o aislados de la sociedad, como en la práctica aconteció con el Movimiento Justicialista durante casi 20 años. La respuesta no dejó lugar a dudas: cuando se observa una profunda fe en ideas y valores, la coerción externa no pude impedir que se desarrollen mecanismos informales de comunicación directa. Puede destruir los medios formales, pero no puede hacer lo mismo con aquellos cuya energía de transmisión nace del poder de la ideología del grupo.

La opinión pública del país está lo suficientemente preparada para criticar las informaciones que recibe. En algunos sectores sociales se pensó que esa opinión había sido confundida con información tendenciosa, pero no fue así. A pesar de que prácticamente los dos tercios de la opinión ciudadana soportó décadas de prédica destructiva, mantuvo una monolítica unidad de convicción.

No es posible «vender» ideas al Pueblo. Menos aún cuando, como en nuestro caso, se encuentra en él una incontenible sed de verdad.

En otro orden de cosas, se ha buscado promover actitudes profundamente negativas, incrementando artificialmente un consumo voraz de productos inútiles.

Directos responsables de esta situación han sido quienes instrumentaron los medios de comunicación masivos para aniquilar la conciencia del Pueblo.

Es decir, se procuró motivar un consumo prescindible excitando los sentidos. Ese sistemas es incompatible con la forma nacional y social a la que aspiramos, en la que el hombre no puede ser utilizado como un instrumento de apetitos ajenos sino como punto de partida de toda actividad creadora.

No se puede ignorar que el sistema empleado incrementa la demanda de bienes, provocando una actitud competitiva que incita al aumento de eficiencia. Es evidente, además, que ambos factores constituyen el impulso del progreso económico.

Pero una cosa es el progreso económico y otra muy diferente es el desarrollo social del país en pro de la felicidad del hombre que lo integra.

Es por eso que será necesario corregir ciertas pautas de consumo que no responden a las reales necesidades de nuestro Pueblo. Este necesita liberarse de los moldes prefabricados que hacen de la exhibición de bienes una cuestión de prestigio, premiando diversas formas de parasitismo social.

Precisamente el consumo artificialmente estimulado unido a la mentalidad competitiva ha actuado como factor desestimulante de determinaciones fundamentales de la creatividad del hombre, como son, por ejemplo, la ciencia y el arte.

Los Factores del Cambio:

No extraña, pues, que una evolución de la escala de valores vigentes hasta el momento, incluya el aprecio por «tener» y la «seguridad».

Sin embargo, el «querer seguridad» no implica necesariamente resistencia al cambio; sólo se oponen a él determinados grupos tradicionales de poder de la sociedad argentina.

La actitud frente al esfuerzo no se ha perdido, y tal vez sea éste uno de los mejores capitales que importó el país con los inmigrantes que lo construyeron. Pero debemos emprender una buena organización que atienda a la realidad altamente compleja del sistema social del país, que reactive apropiadamente el conjunto de elementos que entran en él, y que ofrezca resultados simples y adecuados a la concepción del ciudadano.

Pese a todo, es posible evaluar que nuestra sociedad ha mantenido una alta capacidad de desarrollo interno. Configura una estructura moderna, en la cual la demanda de un cambio que reubique valores está adoptando ostensiblemente la forma de un mandato.

En consecuencia, es preciso determinar los factores de cambio con los cuales pueda actuar nuestra comunidad en bien de su propio desarrollo social. Al respecto, se pueden contemplar varias posibilidades:

– Confiar en la evolución espontánea del propio cuerpo social;

– Procurar formas cruentas de cambio, confiando, por ejemplo, en el valor purificador de la destrucción, de la violencia y el caos;

– Proponer una elaboración sistemática y racional, que permita fijar las cualidades que se anhelan para la comunidad argentina y comprometer el trabajo necesario para llevarla a cabo.

El proceso parece enseñar que librada la sociedad a una evolución espontánea, resulta inexorablemente víctima de pautas externas. Permite concluir, asimismo, que las formas cruentas conducen a un estéril y dolorosos sacrificio de vidas humanas. Por lo tanto, no tenemos derecho a eludir el compromiso ético e histórico de crear un modelo lúcido, que no sólo sirva a las generaciones adulta e intermedia, sino que constituya un eje de orientación para la juventud argentina.

Naturalmente, la conformación del Modelo tendrá que tender hacia una síntesis entre lo que elaboramos racionalmente y lo que la propia comunidad quiera.

Insisto en que es fundamental determinar la forma de alcanzar el cambio deseado. Hace muchos años podía apelarse emotivamente a la Patria o a la tradición; más tarde se apeló al bienestar. Ya eso no basta.

Hay que levantar ahora, además, y con gran vigor, el poder del espíritu y la idea, teniendo en cuenta que el bienestar material no debe aniquilar los básicos principios que hacen del hombre un ser libre, realizado en sociedad, y valorizado en su plena dignidad.

Para ello, entre otras medidas, debe limitarse el consumismo sofisticado, estableciendo el camino apropiado para reconstruir al hombre argentino.

Debe ser valorizada en toda su intensidad la gran coincidencia expresada en la comunidad argentina en 1973: de un lado, están los que quieren el cambio y del otro, los que no lo quieren.

Los que quieren el cambio constituyen el 90 por ciento del país. En principio a ellos está destinado este Modelo, cuyo propósito es el de responder fielmente a un mandato otorgado en las urnas.

EN EL AMBITO CULTURAL

Resulta imprescindible realizar un breve balance de la situación de la Argentina hasta el momento actual en el terreno cultural. La importancia que cobra este ámbito en la conformación de una comunidad madura y autóctona es enorme, al punto que me atrevo a decir que constituye una suerte de red que conecta los ámbitos económico, político y social.

En el terreno cultural se incluye tanto a la formación humanística (filosofía y ciencias del hombre) como a la actividad artística, pues lo científico tecnológico será expuesto en un párrafo aparte.

Un examen somero permite eslabonar varias reflexiones, que se concentran en una conclusión central: el proceso argentino de las últimas décadas evidencia un creciente desarrollo de la penetración cultural. La consolidación de una cultura nacional se ha enfrentado con el serio obstáculo de la reiterada importación de determinaciones culturales ajenas a la historia de nuestro Pueblo, así como a la identidad que como comunidad organizada necesitamos definir.

Dos han sido los fundamentales agentes desencadenantes de tal penetración.

– En primer lugar, la desaprensiva – o interesada – utilización de los medios de comunicación masivos como eficaces factores del vasallaje cultural.

Ya me he referido a este problema. Solo quisiera añadir algunas ideas. Me parece evidente que la indebida utilización de tales mecanismos de difusión cultural enferman espiritualmente al hombre, haciéndolo víctima de una patología compleja que va mucho más allá de la dolencia física o psíquica. Este uso vicioso de los medios de comunicación masivos implica instrumentar la imagen del placer para excitar el ansia de tener. Así la técnica de difusión absorbe todos los sentidos del hombre, a través de una mecánica de penetración y la consecuente mecánica repetitiva, que diluyen su capacidad crítica.

En la medida en que los valores se vierten hacia lo sensorial, el hombre deja de madurar y se cristaliza en lo que podemos llamar un «hombre-niño», que nunca colma su apetencia. Vive atiborrado de falsas expectativas que lo conducen a la frustración, al inconformismo y la agresividad insensata. Pierde progresivamente su autenticidad, porque oscurece o anula su capacidad creativa para convertirse en pasivo fetichista del consumo, en agente y destinatario de una subcultura de valores triviales y verdades aparentes.

– El segundo factor desencadenante del colonialismo cultural tiene su origen en la vocación elitista y extranjerizante de diferentes sectores de la cultura argentina.

Pese a enarbolar distintos fundamentos ideológicos, tales sectores se han unido en la actitud expectante y reverente respecto de la «civilización» encarnada por pautas culturales siempre externas a nuestra Patria y su creciente búsqueda de conformación del ser nacional.

En muchas ocasiones me he referido a la sinarquía, como coincidencia básica de grandes potencias que se unen -a despecho de discrepancias ideológicas- en la explotación de los pueblos colonizados.

Estoy convencido que asimismo existe una sinarquía cultural. Obsérvese que las grandes potencias exhiben sugestivas semejanzas culturales; el mismo materialismo en la visión del hombre, el mismo debilitamiento de la vida del espíritu, el mismo desencadenamiento de la mentalidad tecnocrática como excluyente patrón de cultura, la creciente opacidad del arte y la filosofía, la distorsión o aniquilación de los valores trascendentes.

Un examen superficial de los dos polos principales del poder mundial sólo alcanza a captar las diferencias ideológicas; ahondando en el análisis, surge -entre otras determinaciones igualmente importantes- la cultura como evidencia cierta de la unidad sinárquica.

Todo argentino que , a través de una actitud libresca y elitista, asimile las pautas culturales de ambas potencias, ya sea asumiendo una visión competitiva y tecnocrática del hombre, como una interpretación marxista de los valores de la cultura, trabaja deliberada o inconscientemente para que la sinarquía cercene irreparablemente nuestra vocación de autonomía espiritual y obstruya interminablemente la formación de una auténtica cultura nacional.

EN EL AMBITO CIENTIFICO – TECNOLOGICO

El desarrollo de la ciencia y la tecnología argentina ha sido hasta ahora fecundo, pero insuficiente.

Fecundo, por el efectivo nivel de acumulación de conocimientos científicos y tecnológicos alcanzado, principalmente impulsado por cuatro factores:

1. – El crecimiento de las universidades.

2. – La incorporación de tecnología proveniente del exterior.

3. – La investigación nacional aplicada particularmente al sector agropecuario, y

4. – El avance de la investigación de postgrado.

Insuficiente, porque los elementos disponibles para el avance científico y tecnológico están escasamente aprovechados y porque no se han creado las condiciones básicas para que exista una consagración plena del hombre a la investigación científica y tecnológica.

Insuficiente, también, porque el país aún no ha organizado convenientemente vinculaciones estables y verdaderamente productivas entre el sistema científico-tecnológico, el gobierno, el sistema de producción física y el sistema financiero.

Ello ha contribuido a dispersar la investigación, a no permitir una demanda de ciencia y tecnología estable y creciente y a incrementar el conocido drenaje de inteligencia.

La incorporación de tecnología atada al capital extranjero, particularmente para el sector industrial, creó compromisos tecnológicos onerosos en divisas.

No obstante ello, la acumulación de conocimientos tecnológicos ha sido efectiva y acelerada por la misma naturaleza de la producción industrial.

El costo de la tecnología que venimos empleando es muy alto, principalmente porque el ingreso del conocimiento tecnológico no ha sido programado ni administrado con sentido nacional, preservando los intereses del país.

Prueba de ello es el ingreso de tecnología extranjera en terrenos en los que se mantienen ociosos recursos materiales nacionales capaces de producir la misma tecnología que se importa.

Es natural que empresas de capital extranjero estén ubicadas especialmente en actividades más densas en tecnología foránea.

Por otra parte, la selección de técnicos no ha sido siempre afortunada. En numerosas oportunidades se han importado técnicas obsoletas poco adaptadas a las condiciones locales. Por añadidura, en muchos casos hubo restricciones tales como la prohibición de exportar artículos producidos con tecnología importada y el establecimiento de determinados controles, realmente inaceptables.

Ahora se trata de aprovechar la experiencia pasada y corregir desvíos cuyos efectos resultan sumamente costosos.

Sin embargo, se ha hecho efectivo un fuerte aporte nacional a la tecnología autóctona, particularmente en los sectores agropecuario e industrial.

Estamos valorando muy alto nuestra capacidad para originar una tecnología propia; sólo debemos ponerla en movimiento, conectándola con la producción concreta, con las decisiones de gobierno y con los apoyos financieros.

La comunidad científica argentina es todavía reducida con relación al ingreso por habitante que el país posee. La mitad del personal de investigación trabaja en ello sólo parte de su tiempo útil. La mayoría de los institutos son pequeños y no llegan a una capacidad de investigación tal que permita un verdadero trabajo interdisciplinario.

Hay miles de proyectos en ejecución al mismo tiempo, lo cual, por un lado, hace que cada proyecto tarde demasiado en fructificar y, por el otro, dificulta la materialización de nuevos proyectos por falta de continuidad en los recursos.

Los institutos están prácticamente concentrados en el área metropolitana y pampeana. Además, la remuneración de los investigadores es tan limitada que sólo una vocación acendrada puede retener el talento en esta actividad.

Me parece claro que no existe hasta el presente una política científica y tecnológica centralmente diseñada y de fácil realización. Tampoco se posee una base institucional suficientemente coherente como para lograr una necesaria centralización de conducción y descentralización de operación.

Las mentalidades científicas y técnicas especializadas fueron emigrando sin que el país encontrara un mecanismo que preserve su conexión con los intereses nacionales.

EN EL AMBITO ECOLOGICO

Ya el hombre a tomado conciencia de su capacidad para alterar el medio en que vive, como también del uso indebido del avance tecnológico respecto de dicho medio.

El tema no es nuevo. La concientización mundial sí.

Factores tales como la polución, el sobrecultivo, la desforestación, la acumulación de desperdicios, entre otros, indican claramente el perjuicio que ocasionan a los seres vivos.

El ser humano, como simple eslabón del ciclo biológico, está condicionado por un determinismo geográfico y ecológico del cual no puede sustraerse.

Estamos, pues, en un campo nuevo de la realidad nacional e internacional, en el que debemos comprender la necesidad – como individuos y como Nación – de superar estrechas miras egoístas y coordinar esfuerzos.

Hace casi 30 años, cuando aún no se había iniciado el proceso de descolonización contemporánea, anunciamos la Tercera Posición en defensa de la soberanía y autodeterminación de las pequeñas naciones, frente a los bloques en que se dividieron los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, cuando aquellas pequeñas naciones han crecido en número y constituyen el gigantesco y multitudinario Tercer Mundo, un riesgo mayor, que afecta a la humanidad y pone en peligro su misma supervivencia, nos obliga a plantear la cuestión en nuevos términos, que van más allá de lo estrictamente político, que superan las divisiones partidarias e ideológicas, y entran en la esfera de las relaciones de la humanidad con la naturaleza.

Creo que ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobreestimación de la tecnología y de la necesidad de invertir de inmediato la dirección de esta marcha, a través de una acción mancomunada internacional.

El ser humano no puede ser concebido aisladamente del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica, y si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra sólo puede esperar catástrofes sociales para las próximas décadas.

La humanidad está cambiando las condiciones de vida con tal rapidez que no llega a adaptarse a las nuevas condiciones: va más rápido que su captación de la realidad y no ha llegado a comprender, entre otras cosas, que los recursos vitales para él y sus descendientes derivan de la naturaleza y no de su poder mental. De este modo, a diario su vida se transforma en una interminable cadena de contradicciones.

En el último siglo ha saqueado continentes enteros y le han bastado un par de décadas para convertir a ríos y mares en basurales, y al aire de las grandes ciudades en un gas tóxico y espeso. Inventó el automóvil para facilitar su traslado, pero ahora ha erigido una civilización del automóvil, que se asienta sobre un cúmulo de problemas de circulación, urbanización, seguridad y contaminación en las ciudades, y que agrava las consecuencias de su vida sedentaria.

Las mal llamadas «sociedades de consumo» son, en realidad, sistemas sociales de despilfarrar masivo, basados en el gasto, porque el gasto produce lucro. Se despilfarra mediante la producción de bienes innecesarios o superfluos y, entre éstos, a los que deberían ser de consumo duradero, con toda intención se les asigna corta vida porque la renovación produce utilidades. Se gastan millones en inversiones para cambiar el aspecto de los artículos, pero no para reemplazar los bienes dañinos para la salud humana, y hasta se apela a nuevos procedimientos tóxicos para satisfacer la vanidad humana. Como ejemplo, bastan los automóviles actuales que debieran haber sido reemplazados por otros con motores eléctricos, o el tóxico plomo que se agrega a las naftas simplemente para aumentar el pique de los mismos.

No menos grave resulta el hecho de que los sistemas sociales de despilfarro de los países tecnológicamente más avanzados funcionan mediante el consumo de ingentes recursos naturales aportados por el Tercer Mundo. De este modo el problema de las relaciones dentro de la humanidad es paradójicamente doble: algunas clases sociales – las de los países de baja tecnología en particular – sufren los efectos del hambre, el analfabetismo y las enfermedades, pero al mismo tiempo las clases sociales y los países que asientan su exceso de consumo en el sufrimiento de los primeros, tampoco están racionalmente alimentados, ni gozan de una auténtica cultura o de una vida espiritual o físicamente sana. Se debaten en medio de la ansiedad y del tedio y los vicios que produce el ocio mal empleado.

Lo peor es que, debido a la existencia de poderosos intereses creados o por la falsa creencia generalizada de que los recursos naturales vitales para el hombre son inagotables, este estado de cosas tiende a agravarse. Mientras un fantasma – el hambre – recorre el mundo devorando 55.000.000 de vidas humanas cada 20 meses, afectando hasta a países que ayer fueron graneros del mundo y amenazando expandirse de modo fulmino en las próximas décadas, en los centros de más alta tecnología se anuncia, entre otras maravillas, que pronto la ropa se cortará con rayos láser y que las amas de casa harán sus compras desde sus hogares por televisión y las pagarán mediante sistemas electrónicos. La separación dentro de la humanidad se está agudizando de modo tan visible que parece que estuviera constituida por más de una especie.

El ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia. Y así, mientras llega a la Luna gracias a la cibernética, la nueva metalurgia, combustibles poderosos, la electrónica y una serie de conocimientos fabulosos, mata el oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, y eleva la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biológicas. Ya en el colmo de su insensatez, mata al mar, que podía servirle de última base de sustentación.

En el curso del último siglo el ser humano ha exterminado cerca de doscientas especies y animales terrestres. Ahora ha pasado a liquidar especies marinas. Aparte de los efectos de la pesca excesiva, amplias zonas de los océanos, especialmente costeras, ya han sido convertidas en cementerios de peces y crustáceos, tanto por los desperdicios arrojados como por el petróleo involuntariamente derramado. Sólo el petróleo liberado por los buques cisterna hundidos ha matado en la última década cerca de 600.000 millones de peces. Sin embargo, seguimos arrojando al mar más desechos que nunca, perforamos miles de pozos petrolíferos en el mar o sus costas y ampliamos al infinito el tonelaje de los petroleros sin tomar medidas de protección de la fauna y flora marinas.

La creciente toxicidad del aire de las grandes ciudades es bien conocida, aunque muy poco se ha hecho para disminuirla. En cambio, todavía ni siquiera existe un conocimiento mundialmente difundido acerca del problema planteado por el despilfarro de agua dulce, tanto para el consumo humano como para la agricultura. La liquidación de aguas profundas ya ha convertido en desiertos extensas zonas otrora fértiles del globo, y los ríos han pasado a ser gigantescos desagües cloacales más que fuentes de agua potable o vías de comunicación. Al mismo tiempo, la erosión provocada por el cultivo irracional o por la supresión de la vegetación natural se ha convertido en un problema mundial, y se pretende reemplazar con productos químicos el ciclo biológico del suelo, uno de los más complejos de la naturaleza. Para colmo, muchas fuentes naturales han sido contaminadas; las reservas de agua dulce están pésimamente repartidas por el planeta, y cuando nos quedaría como último recurso la desalinización del mar, nos enteramos que una empresa de ese tipo, de dimensión universal, exigiría una infraestructura que la humanidad no está en condiciones de financiar y armar en este momento.

Por otra parte a pesar de la llamada revolución verde, el Tercer Mundo todavía ni ha alcanzado a producir la cantidad de alimentos que consume, y para llegar a su autoabastecimiento necesita un desarrollo industrial, reformas estructurales y la vigencia de una justicia social que todavía está lejos de alcanzar. Para colmo, el desarrollo de la producción de alimentos sustitutivos está frenado por la insuficiencia financiera y las dificultades técnicas.

Por supuesto, todos estos desatinos culminan con una tan desenfrenada como irracional carrera armamentistas, que le cuesta a la humanidad 200.000 millones de dólares anuales.

A este complejo de problemas creados artificialmente se suma el crecimiento explosivo de la humanidad. El número de seres humanos que puebla el planeta se ha duplicado en el último siglo y volverá a duplicarse para fines del actual o comienzos del próximo, de continuar el mismo ritmo de crecimiento. De seguir por este camino, en el año 2500 cada ser humano dispondrá de un solo metro cuadrado sobre el planeta. Esta visión global está lejana en el tiempo pero no difiere mucho de la que ya corresponde a las grandes urbes, y no debe olvidarse que dentro de veinte años más de la mitad de la humanidad vivirá en ciudades grandes y medianas.

Es indudable, pues, que la humanidad necesita tener una política demográfica. Debe tenerse en cuenta que una política demográfica no produce los efectos deseados si no va acompañada por una política económica y social correspondiente. De todos modos, mantener el actual ritmo de crecimiento de la población humana, no es tan suicida como mantener el despilfarro de los recursos naturales de los centros altamente industrializados donde rige la economía de mercado, o en aquellos países que han copiado sus modelos de desarrollo. Lo que no debe aceptarse es que la política demográfica esté basada en la acción de píldoras que ponen en peligro la salud de quienes las toman o de sus descendientes.

Si se observan en su conjunto los problemas que se nos plantean y que hemos enumerado comprobaremos que provienen tanto de la codicia y la imprevisión humana, como de las características de algunos sistemas sociales, del abuso de la tecnología, del desconocimiento de las relaciones biológicas y de la progresión natural del crecimiento de la población humana. Esta heterogeneidad de causas debe dar lugar a una heterogeneidad de las respuestas, aunque en última instancia tengan como denominador común la utilización de la inteligencia humana. A la irracionalidad del suicidio colectivo debemos responder con la racionalidad del deseo de supervivencia.

Estos conceptos, que tienen su origen en torno a las reflexiones acerca del problema mundial de la ecología, son válidos también para nuestro país. Sin embargo, afortunadamente, tenemos una enorme ventaja. Nuestro extenso territorio con enormes reservas naturales, aún no explotadas, nos permite albergar la esperanza de salvarnos de muchos de los peligros mencionados a poco que evitemos cometer los mismos errores en que incurrieron las grandes naciones.

De hecho, la solución no surgirá solamente de lo que realicemos en el orden interno, sino que tendrá mucho que ver con lo que hagan los demás países en la materia. Es por esto que debemos insistir denodadamente ante el mundo para que se ponga freno a esta carrera que nos llevará inexorablemente a nuestra autodestrucción.